Si se trata de sintetizar su texto con cuatro palabras, elijo las siguientes: huellas, marcas, experiencia, transmisión (...) El texto del libro se mueve entre diferentes dimensiones de problematización: en la dimensión de testimonio Alberto Fernández nos brinda, con generosidad y una pluma precisa, un recorrido por los avatares del psicoanálisis lacaniano y del psicoanálisis, en primera persona como protagonista del movimiento psicoanalítico desde fines de los años 60.
Transmisión-Institución-Experiencia del Inconsciente y lo Real del Malestar en la Cultura, son capítulos de este libro que aportan con un tono sencillo, pero compacto y contundentemente riguroso la idea de un analista, ocupado en pensar lo que hace y en decir lo que piensa. Ese modo de enseñanza y lectura propició una modalidad que encuentro hoy en el estilo de escritura de este texto y que es la idea de Freud con Lacan, Lacan con Freud. Un lado a lado que articula, integra e interroga.
Alberto Fernández se pregunta:
¿no es hoy el psicoanálisis el que resiste?Creo que sí, y que este libro es uno de esos bastiones de la resistencia, que siempre será del uno por uno, donde AF toma la palabra y produce un texto sin efecto de religiosidad ni frases teóricas repetidas como consignas absolutas.
Marcas del analista
Alberto Fernández
Prólogo
Sara Vassallo
¿Estamos aquí ante un libro de valor puramente testimonial, incluso histórico? ¿O circula en el conjunto de los textos aquí reunidos algo que se parezca a un todo clausurado de tesis y tomas de posición desgajadas de la circunstancia en que cada uno de ellos fue enunciado o escrito? Es cierto que le sería imposible a cualquier contemporáneo del autor, pocos años más o menos, no reconocer en sus páginas una reconstrucción retrospectiva de muchos puntos polémicos dentro del vendaval que produjo en la comunidad psicoanalítica argentina el discurso de Lacan. Sin embargo, lo testimonial encierra, quizá a pesar suyo, un hilo conductor. Yo diría, hasta en contra del título, que ambas dimensiones interactúan y que en esa interacción reside su originalidad. Y hablando de un hilo conductor, se trata menos de un hilo puramente teórico – que existe, volveré sobre él dentro de un momento – que de un tono de enunciación.
Me refiero a lo siguiente: ¿se puede abordar una obra como la de Lacan, proteica y antinómica, metonímica y contradictoria, cargada de siglos de cultura y de alusiones no siempre explicitadas, tejida de equívocos y hecha de agujeros, con el tono tranquilo y aparentemente imperturbable, sobre todo prudente, transparente y modesto, practicado por Alberto Fernández? Adentrándose en la lectura y recorriendo los problemas que focalizan su inquietud – el malestar en la cultura, el masoquismo, el sentido, la eficacia del discurso psicoanalítico, su inscripción en el sistema capitalista, – uno no puede menos que responder: Sí, es posible. Y al decirlo, me asombro yo misma. Porque es la distancia, la ponderación y la humildad – y no la arrogancia chillona, la identificación profética, el servilismo o el gesto mimético del “¡Yo soy Lacan!” las que dan aquí una respuesta a aquello que es lo más difícil de dirimir en cuanto a cómo abordar ese legado: o bien reproducir, ya sea por fascinación, exaltación narcisista o impostura, lo críptico de muchos enunciados y decires (lo cual llevaría solamente a reiterar, ya sin misterio, el eco enigmático de aquellos) o bien recuperar con honesto esfuerzo una coherencia resumible y linealmente transmisible, que achataría las asperezas soslayando las antinomias (estrategia esta última que Alberto Fernández, no por apartarse de la exaltación narcisista, tampoco adopta como suya).
Es que el entusiasmo identificatorio no pasa aquí por la declaración directa. Hay que buscarlo más bien en el intersticio que separa a cada texto de los otros. Es gracias a los intervalos que los diferentes fragmentos encuentran su ligazón (lo cual quiere decir que no están vinculados por ninguna causa final). Es tal vez el único modo de encarar un corpus como el de Lacan, no de frente sino a partir del detalle y el equívoco, un poco al modo en que Baltasar Gracián decía que las cosas que nos interesan realmente son las que se dicen a medias
. La relación con la complejidad lacaniana no pasa, entonces, por el empeño en aclarar, interpretar, reiterar con alguna variante o recargar eruditamente el texto original, sino por un modo callado y casi sencillo, que no olvida nunca a Freud, de buscar y encontrar, sin proponérselo a priori. ¿No reside en esto acaso el proceso que subyace al matema, que Heidegger definió como aquello que se aprende, se enseña, pero que ya se sabe
?1 Confieso personalmente que prefiero el aspecto fragmentario a la lectura unitaria, la interrupción a la continuidad, el desorden al orden, un dicho aislado escuchado en el diván a la reconstrucción totalizadora, la observación puntual, que siembra una duda o hace revivir un problema desde un ángulo nuevo, a la conclusión perentoria, el enunciado contextualizado a la proferición de verdades generales. En suma, prefiero dar un lugar al vacío en vez de rellenarlo con “ideas”.
Dicho esto, un elemento (o, como se lee en el capítulo inicial, la insistencia no calculada de algún tema
) hila un artículo con otro. No consulté al autor sobre este particular. Pero se me hace patente que esa insistencia tiene que ver con el triple anudamiento borromeo y sus consecuencias clínicas y éticas. Es cierto que el autor es plenamente consciente de ello y que el mencionado capítulo de apertura no oculta sino que al contrario, exalta el formidable recurso del nudo borromeo, otra de las marcas ineludibles
. Pero ese recurso reflota, sin ser nombrado, en todos los artículos ulteriores, a propósito de diferentes planos y temáticas. En la división entre amor y erotismo de la “degradación de la vida amorosa”, por ejemplo, se recalca una coexistencia de contrarios que no es conciliación. Alberto Fernández logra hacer funcionar el nudo poniendo de relieve los efectos de la falta de síntesis, sin homologarlo por ello a una yuxtaposición indiferente de tres planos: ni el amor llevará al deseo a su plena satisfacción ni la satisfacción pulsional logrará el amor. O sea, el amor no es la sublimación de la pulsión. Lejos de una superación al estilo de la Aufhebung de Hegel, se trata más bien de la estructura kierkegaardiana del aut… aut, que oculta un ni… ni. En el intersticio entre ambos se aloja lo Real del sujeto. Esta misma lógica trabada por un “pasajero clandestino”2 que no supera ni sintetiza, ni afirma ni niega, sino que deja por así decir uno al lado del otro los contrarios, agujereados por un intervalo, retorna en algunos pasajes sobre los abusos en la comprensión de lo Real: ¿Cómo pensar la exigencia imposible de alcanzar lo real mismo sin el recurso simbólico? ¿Cómo prescindir, no del bla bla bla, sino de las palabras que tejen al síntoma desde la historia infantil, significantes clave de la Otra escena?
. La lógica según la cual lo Real solo puede circunscribirse por su anudación con los otros dos registros, vuelve asimismo en el hacer del analista con la culpabilidad: (….) Apaciguar la culpa ha sido uno de los objetivos más importantes que tuvo un vasto sector del psicoanálisis postfreudiano. El riesgo de esta posición extrema es desconocer el carácter paradojal de la culpa y deslizarse hacia un moralismo comprensivo. (….) En síntesis, consideramos importante no desprender, desanudar rápidamente la culpa porque es otra manera en un psicoanálisis de entreabrir el camino hacia la pregunta y la falta. Pero también entendemos que conduce a lo peor sostener la acumulación de sufrimiento en la culpa porque constituye un falso progreso en la ilusión de alcanzar lo real
(Rostros de la culpa). Ni terapia comprensiva ni desanudamiento apresurado. ¿La prudencia de Alberto Fernández haría sospechar que el desenlace entre esos dos términos llevaría a un justo medio dictado por un sentido común incompatible con el carácter paradójico del goce? No es seguro. No solo porque la cura psicoanalítica pasa muchas veces y forzosamente por la terapia sino porque, como lo sugiere el autor en muchas ocasiones, la prudencia3 y el principio del placer ligados a la utilidad no se esfuman en el aire por la presencia de lo Real. Más aun, hay incluso un cierto coraje en recurrir a la prudencia, si se la piensa no como el contrario de un enfrentamiento angustioso a lo Real sino como una salida provocada por éste último. Los ejemplos podrían multiplicarse: ¿Tiene el discurso psicoanalítico la eficacia y la influencia de los otros discursos? No lo aseguramos porque, como ellos, tampoco resuelve las miserias del mundo
(Sobre el discurso capitalista). La afirmación es de sentido común. Pero es difícil cuestionarla. Estaba ya en Los 20 años de La Porteña: A poco de fundar, demasiado temprano tuvimos nuestra primera crisis con dispersión incluida, de la que salimos enterándonos que en términos del poder el del psicoanálisis es solo singular y que su discurso, aún inadecuado, es apenas comparable con el poder de otros discursos
. En el mismo texto, el anudamiento borromeo muestra su eficacia para pensar la necesidad de lo imaginario: Afirma Lacan que la política tapona agujeros, hace creer que la acción colectiva y la continuidad en el tiempo es un semblante lleno de sentido. Después de tantos años deberíamos estar advertidos sobre el valor imaginario del sentido pero también hay que reconocer su existencia…
.
Estoy lejos de negar la dificultad que plantea una ética de lo Real, la principal de las cuales consiste, justamente, en que no propone ninguna, quiero decir, ninguna ética dotada de valores a priori. ¿Pero no es significativo que para hacerse fiel soldado de esa ética de lo Real, muchos terminen recurriendo a posturas que encubren valores (el rechazo del sentido, la prescindencia del otro, el cinismo, etc.)? No se puede negar que fue Lacan quien nos puso en un brete, ya que la ética de lo Real no podrá prescindir, tal como lo dice claramente en el seminario sobre la ética, de algún tipo de “utilidad”. Antígona no sería Antígona sin Creonte. Es, una vez más, el nudo borromeo el que nos advierte del círculo en que caemos si creemos alcanzar lo Real positivizándolo, ya sea a través de la sesión corta, el rechazo del sentido o la interpretación – la cual es para Lacan necesaria en tanto “mínima” – o cualquier otra forma espectral de encuentro con la τύχη. Los textos de Alberto Fernández no se adentran en profundidades filosóficas pero en su calidad de “psicoanalista de a pie”, como él suele calificarse, no levanta una estatua fetichista a lo Real. Este punto difícil de la teoría y la práctica aparece sobre todo a través de los argumentos desplegados en “No hay relación social” (2015). Refiriéndose a un problema tan importante como el del posible rol del psicoanálisis en el lazo social, el autor, ni pesimista absoluto ni cínico irresponsable sostenedor del “todo da igual”, afirma que lo Real es aquello que impide la reglamentación de las leyes que rigen la vida en sociedad. Para añadir de inmediato que ese impedimento no es absoluto, al contrario, es necesario que se implanten leyes (con la consiguiente entrada de lo Imaginario y lo Simbólico). Se desliza aquí un delicado problema, raras veces encarado de frente en la práctica y que plantea la verdadera índole de la relación de Lacan con Kant. Todos saben que según Kant lo muestra en la Crítica de la Razón Práctica, es porque nuestras decisiones no se inscriben en ningún objeto de un “cielo inteligible”, que el hombre es un ser moral. Si existiera un vínculo ontológico e inscriptible con la Justicia, la Verdad, el Bien ¿dónde residiría nuestro mérito y el esfuerzo infinito por acercarse al cumplimiento de un imperativo categórico que según Kant lo reconoce él mismo, no es cumplible? La moral kantiana se ejerce al precio de haber suprimido la garantía objetiva de la Cosa en sí, de donde Kant, al decretar los límites de la razón, exila al Bien Supremo convertido en simple “postulado”. Deslumbrados, desde Kant con Sade, por una supuesta “superioridad” del segundo sobre el primero, muchos psicoanalistas no han advertido la deuda de Lacan hacia Kant, que si se me permite el salto de uno a otro, resumiré así, siguiendo lo que yo creo es el fondo de la argumentación de Alberto Fernández en “No hay relación social”: Es porque lo Real es sin ley, que es preciso instaurar la Ley, la cual, una vez instaurada, sufrirá siempre del agujero de lo Real. A partir de la convicción de la imposibilidad de reducir a cero la pulsión de muerte
(o sea, lo Real) se vuelve utópica la pretensión de instaurar un equilibrio entre los tres registros. Y por la misma razón (¡valga la paradoja!), como diría Sartre comentando a Kant, la moral es “imposible y necesaria”. Dicho más lacanianamente, solazarse en lo Real sin ley va a desembocar siempre en adherir a alguna ley… Sería incurrir en una relación puramente imaginaria instituir un Real destructor de los otros dos registros. Como dice un pasaje del mismo texto: (…) el psicoanálisis no considera incompatibles la categoría de lo imposible con el intento de estar mejor, de esta manera no solo se diferencia de la ingenuidad optimista sino también del pesimismo absoluto al modo de Schopenhauer…
. Suena tal vez demasiado sensato para quien está a la espera del enigma oscuro. ¿Pero quién podría sustraerse a reconocer verdades que solo parecen simples porque fueron aplastadas bajo el aluvión de las glosas, como por ejemplo, que el aforismo lacaniano ‘no hay relación sexual’ consiste en sostener actualizadamente la tesis freudiana que problematizó el orden natural de la sexualidad
(Perversión)? O a reflotar ciertas citas de Lacan que iluminan la función del objeto (a) en el amor en la sociedad actual: Todo orden, todo discurso que se entronca en el capitalismo, deja de lado lo que llamaremos simplemente las cosas del amor
(Sobre el discurso capitalista). De un modo similar, la clara toma de posición acerca de las fases de la enseñanza de Lacan contrasta con la cronologización de J.-A. Miller y también con la posición de J.-Cl Milner en La obra clara (para quien la fase borromea, focalizada en un mudo y puro “mostrar”, diluye en ácido sulfúrico los dos primeros “clasicismos”, del significante y del matema). No creo, sin embargo, que por más que Alberto Fernández exalte el “recurso formidable” al nudo, eso le impida adherir a la tesis de La obra clara de un materialismo lacaniano que como todo materialismo, supone un inacabamiento radical que nos hace desistir de leer su obra como un todo acabado. Así se podría leer este pasaje: Lacan llegó sirviéndose de la lingüística y la antropología. Más tarde pasaría por las matemáticas, la lógica, la topología y el nudo borromeo para recomendar, finalmente, el modelo de la poesía. Proceso que, es importante señalarlo, no descarta básicamente lo anterior y construye una posición ante su enseñanza que vale como marca en la transmisión porque no supone superaciones dogmáticas ni mucho menos jerarquías de valor entre el primer Lacan o el último
.
No estoy haciendo un elogio de la sencillez, de la claridad o de alguna otra buena virtud. Solo digo que una retórica paradójica que dé cuenta de lo Real es inimitable. Porque aprovechemos de esta recapitulación de su práctica por Alberto Fernández, para preguntarnos: ¿Quién es J. Lacan? ¿Un psicoanalista-filósofo que recurriendo a todo tipo de fuentes externas al psicoanálisis puso a éste al borde de la implosión? ¿Un anti-filósofo – aunque los que venimos de la filosofía no sepamos cómo agradecerle la novísima forma en que nos hizo leer la filosofía más tradicional, sin por ello abolirla? ¿Un falso estructuralista que envolvió en un lenguaje de época la crisis de la religión católica? ¿Un sofista sospechado de impostura, la misma que acompañó a los sofistas de la antigüedad, sobre todo cuando eran interpelados desde la vereda de los filósofos de la “verdad”, la “idea” y el sentido Uno? Es obvio que su posición frente al lenguaje y la verdad como ficción lo acercan sin ambages a la sofística: El psicoanalista es la presencia del sofista en nuestra época, pero con otro estatuto
4. En todo caso, en un país como el nuestro, expuesto a los cuatro vientos de las modas, nostálgico de lo que “hay que pensar”, seducido y sometido a una Verdad que viene del Otro, el problema está en encontrar un punto de enunciación desde el cual la complejidad de un pensamiento y una práctica no se transforme, como dice el autor de este libro, en un confortable punto de llegada
. Lo cual significa también encontrar un tono y un lenguaje que hagan volver en sí, después de la fascinación, al sujeto que los enuncia.
1 M.Heidegger, Qu’est-ce qu’une chose?, Paris, Gallimard, 1971, p. 86-87, seminario dictado en Friburgo en 1935-1936, del que Lacan sacó un provecho difícil de poner en duda.
2 J. Lacan, L’Étourdit, SCILICET n° 4, p, 51
3 Término cargado de sentido si nos atenemos al libro recientemente publicado en las ediciones Las Cuarenta, La prudencia de Aristóteles de Pierre Aubenque, para quien el proverbial buen sentido y la prudencia aristotélicas son el exacto reverso de una aporía, que utiliza el justo medio no solo para disimularse a sí misma sino porque es el único modo de decirse.
4 Problemas cruciales del psicoanálisis, curso del 12/5/1965.
Índice
I Sobre la transmisión del psicoanálisis
II Cuestiones de Institución
III Experiencia del inconsciente
IV Lo real del malestar en la cultura
Ficha del libro
- Título
- Marcas del analista
- Páginas
- 198 pp
- Editorial
- Letra Viva
- Año de publicación
- 2017
- Encuadernación
- Tapa blanda
- ISBN
- 9789506497217
Sobre el autor
Psicoanalista y doctor en psicología ejerce su práctica en Buenos Aires. Es autor de varios libros y numerosas publicaciones de la especialidad.
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